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viernes, 13 de febrero de 2009

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CATATUMBAS: CEMENTERIOS SUBTERRANEOS

En España las catatumbas, (cementerios colectivos subterráneos), más antiguas corresponden posiblemente a la primera mitad del siglo III.
La religión cristiana no admitía la cremación y preceptuaba la obligación de enterrar a los muertos en una tierra sagrada que no podía ser utilizada para enterramientos paganos.
Para evitar las persecuciones o investigaciones de las autoridades romanas los cristianos de esta época se acogían a las normas oficiales y se agrupaban en " collagia salutaria", es decir, en asociaciones funerarias permitidas por la ley. Gracias a ello pudieron hacer cementerios en la superficie con relativa seguridad. Pero como las autoridades romanas procuraron evitar su difusión recurrieron a abrir galerías subterraneas debajo de los cementerios ya existentes.

Uno de los primeros cementerios de este tipo fue el de San Sebastián, llamado " ad catacumbam" por hallarse en una hondonada en la Vía Apia. De él se derivó el nombre de catatumbas para designar a esta clase de contrucciones subterraneas.

Las catatumbas consisten en una complicada red de galerias subterraneas situadas a diversos niveles. Las galerías (ambulacrum) eran estrechas, de unos cuatro metros de altura por algo más de uno de ancho. En la pared se abrían los nichos o loculi, destinados a contener los cadáveres. Cuando el enterramiento era de una persona importante se labraba encima un arco decorativo, el arcosolium, que debía estar iluminado por una pequeña lamparilla.

Aquellas largas galerías eran oscuras y malorientes. A veces se abría una ventanilla o lucernario en la pared más alta, que arrojaba algo de luz en el interior, pero ello no es frecuente. Dada estas características poco acogedoras, y en contra de lo que durante mucho tiempo se creyó, nunca debieron servir de lugares de refugio o de reunión para los cristianos durante las épocas de persecución; y su emplazamiento debía ser conocido por las autoridades.

A veces, en los lugares de cruce de varias galerías, se formaban unos espacios más anchos y aireados llamados cubículos (cubiculi). Solían menudear allí los enterramientos de personajes relevantes y se habla entonces de una cripta, como la del Papa San Dámaso, en la catatumba de San Calixto en Roma, donde estaban enterrados los primeros papas y que fue destruida por los bárbaros.

Las criptas eran objeto de una veneración especial y sobre las más importantes se abría un pequeño túnel vertical que las ponía en contacto con la superficie. Para recubrir el orificio de salida se construía una especie de capillita o celda memoriae, de planta frecuentemente trebolada (en forma de trébrol), que servía de lugar de oración y de culto.
Este fue uno de los primeros tipos de construcciones exteriores del cristianismo, pero no estuvo llamado a prosperar.
Merecen citarse, entre otras, las catacumbas de Lucina, de Santa Inés, de San Calixto o de Priscila en Roma; la catacumba de San Javier, en Nápoles; en Siracusa, la de Santa María di Gèsu.

Las catacumbas solían estar decoradas en su interior con pinturas murales confeccionadas en general con una técnica pobre y sencilla. En las más antiguas de entre estas pinturas se mantiene, simplificada, y ejecutada con rudeza, la tradición de los últimos estilos pompeyanos.



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