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sábado, 13 de noviembre de 2010

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LA GRAN GUERRA HA TERMINADO

Los coches-restaurante de Wagons Lits eran un emblema de la Belle Époque. Aquellos trenes de lujo, que permitían a las clases altas viajar con toda comodidad de París a Estambul, ofrecían unos vagones para comer con techos artesonados, finas maderas taraceadas, lámparas de Lalique y cubertería de plata. Ese era el destino del coche-restaurante 2419-D cuando entró en servicio en junio de 1914, pero en dos meses estalló la Gran Guerra, y una dulce forma de vivir se fue para no volver. El coche-restaurante 2419-D nunca pudo hacer la legendaria ruta del Orient Express, pero sin embargo hizo otra que le llevó al meollo de la Historia.

El 7 de noviembre de 1918 emprendió un viaje con destino secreto. Su pasajero era el hombre más poderoso del mundo en ese momento, el mariscal Foch, jefe supremo de los ejércitos francés y británico. Se detuvo en una vía muerta, totalmente oculta en la espesura de un bosque llamado Compiègne. Era utilizada por trenes sobre los que iban unos cañones monstruosos, imposibles de mover por otro medio, que desde allí bombardeaban las posiciones alemanas a más de 100 kilómetros de distancia.

Pero el tren de Foch no iba a bombardear a los alemanes, sino a hacer la paz con ellos.
Al poco aparecieron cinco automóviles con los plenipotenciarios germanos, y durante tres días discutieron en aquella soledad la forma de poner fin a la mayor matanza que había conocido la humanidad.

La Primera Guerra Mundial costó ocho millones y medio de muertos y veintiuno de heridos y mutilados. El mundo no había vivido jamás una matanza así. Los soldados habían ido al frente en agosto de 1914 cantando canciones y cubiertos de flores por la población. Ambos bandos pensaban que iban a ganar, y además todos creían que sería una guerra muy corta. Los expertos decían que, con las potentísimas armas modernas, ninguna potencia podría aguantar una larga campaña, que verían destruidos sus ejércitos. Llevaban razón en lo último, las ametralladoras, la artillería, los gases asfi xiantes, la aviación y los tanques provocarían una carnicería inimaginable, sin precedentes, pero se equivocaron en cuanto a la duración de la guerra. Europa estaba muy densamente poblada, y los gobiernos, con brutal insensibilidad, decidieron que podían sacrificar millones de ciudadanos para vencer. Durante cuatro años se produjo la mayor carnicería que han visto los campos de batalla, y la más inútil, pues desde otoño de 1914, en el frente principal de Francia, se estabilizaron las posiciones de unos y otros, y prácticamente no se movieron las líneas en toda la guerra. No había victoria militar posible, solamente podía haber derrota por agotamiento, que alguno tirase la toalla exhausto por el esfuerzo y la matanza. No los gobiernos, que desde retaguardia se habían habituado a ver los millones de bajas como estadísticas, sino los soldados que tenían que combatir y morir.

En la primera Navidad de la guerra, en 1914, ya había habido muestras de pacifismo entre las tropas, que establecieron treguas navideñas por su cuenta. En 1917 hubo una serie de graves motines en el ejército francés, harto de la masacre de Verdun, pero fueron duramente reprimidos. Sin embargo ese mismo año la cuerda se rompió por la parte más débil: en Rusia se produjo la Revolución contra el zar, que la había llevado a la guerra. A principios de 1918, el nuevo régimen bolchevique firmó una paz por separado con Alemania aceptando las duras condiciones que ésta impuso. El ejército alemán, que había tenido que mantener dos frentes simultáneos al Este y al Oeste, pudo concentrar todas sus fuerzas en este último. Era la gran oportunidad de Alemania, y su ofensiva de primavera fue terrible, pero Francia e Inglaterra tenían un nuevo aliado, Estados Unidos, que comenzaba a hacerse sentir con su enorme potencial demográfico e industrial.

Cuando la ofensiva de primavera se agotó habiendo avanzado sólo 60 kilómetros en el punto de mayor éxito, Alemania había quemado su último cartucho. A finales de octubre, todo el edificio comenzó a derrumbarse. Los aliados de Alemania, Austria y Turquía, buscaban la paz por su cuenta, y en Kiel, la base principal de la marina imperial alemana, los marineros se amotinaron cuando les ordenaron salir a la mar y “morir con honor” ante la muy superior flota británica.

Los marineros pasaron del motín a la revolución, y formaron en Kiel los temibles soviets, consejos de soldados para detentar el poder político. La subversión se extendió entonces imparable. En Munich, segunda ciudad del imperio alemán, fue proclamada una ‘República de soviets’, y en Berlín los obreros en huelga se echaron a la calle y el ejército se negó a reprimirlos. El emperador Guillermo II había nombrado primer ministro a un liberal, el príncipe Max von Baden, que incorporó a su gobierno, por primera vez en Alemania, a los socialistas, a la vez que iniciaba las negociaciones de paz. El 7 de noviembre envió a sus plenipotenciarios al bosque de Compiègne, y el 9, mediodía, comunicó que el emperador había abdicado, aunque Guillermo II se había negado. Un miembro de la realeza había liquidado la monarquía en Alemania para siempre, porque a las dos de la tarde, el nuevo primer ministro, el socialdemócrata Friedrich Ebert, proclamó la república ante una multitud entusiasta.

Mientras tanto, en el coche-restaurante 2419-D tenían lugar las conversaciones de paz.
Presidía la delegación alemana Matthias Erzberger, jefe del partido católico Zentrum, pacifista notorio que se había ganado el sobrenombre de el Opuesto, por su oposición a la guerra. Le acompañaban el conde Oberndorf, del Ministerio de Exteriores, el general Von Winterfeld, representando al ejército, y un simple capitán de navío, Vanselow, representando a la marina. Claramente Von Baden no había querido que los militares tuviesen protagonismo en la delegación. Por parte aliada era todo lo contrario, no había civiles. El protagonista absoluto era el mariscal Foch, respaldado por la enorme autoridad de ser el comandante supremo aliado. Estaba flanqueado por el general francés Weygand y dos almirantes ingleses, Wemys y Hope. No hubo en realidad negociaciones, sino enumeración de las duras condiciones aliadas, que a Erzberger no le quedaba más remedio que aceptar.

La última conversación comenzó a las dos de la madrugada del 11 de noviembre, y terminó a las cinco y cuarto. Se establecía un armisticio de 36 días, durante los cuales se emprenderían las negociaciones para la paz definitiva. Hacían falta al menos seis horas para comunicar a los combatientes el alto el fuego, de modo que se fijó como hora de entrada en vigor las once de la mañana. Así salió una cifra redonda: las 11 horas, del día 11, del mes 11. A esa hora, las campanas de las iglesias comenzaron a tocar, mientras que en las trincheras sonaban las cornetas con el toque de alto el fuego. Aún esa tarde, una brigada americana que no se había enterado se lanzó al ataque, provocando los últimos muertos de la Gran Guerra.

Autor: Luis Reyes
Tiempo, 07/11/2008

Extraído de Historiarte.net
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