martes, 28 de diciembre de 2010

EDUARDO VIII: UN REINADO DE CULEBRÓN

Menos de un año de reinado le bastó a Eduardo VIII para socavar el prestigio de la monarquía victoriana. En vísperas de la Guerra Mundial, abandonó el trono por una relación sadomasoquista. Jorge V había dicho: “Tras mi muerte, el chico (su heredero, Eduardo VIII) arruinará su vida en doce meses”. Se equivocó; le bastaron once. Sin embargo nadie podía adivinar aquel 28 de enero de 1936, hace ahora 70 años justos, que el entierro de Jorge V sería el último fasto del Imperio Británico.

En aquel momento, Inglaterra era la indiscutible primera potencia mundial, su inmenso imperio abarcaba la mitad del planeta, y su monarquía era universalmente respetada y admirada. Pero cuando la comitiva fúnebre enfilaba palacio, la cruz de diamantes que adornaba la corona real, colocada sobre el féretro, se desprendió y cayó por los suelos.

Aunque los ingleses no sean muy supersticiosos, fue inevitable pensar en una señal de mal agüero. Efectivamente, en muy pocos años comenzó la II Guerra Mundial e Inglaterra pasó a potencia de segunda y perdió el imperio. En cuanto al prestigio de la monarquía británica, no duraría tanto. Como había previsto el difunto Jorge V, Eduardo lo destruiría en menos de un año.
Las exequias del rey, no obstante, estaban impregnadas de la majestad que transmitía la familia real. La viuda, la reina Mary, con su figura de riguroso negro expandiendo dignidad, los cuatro bien plantados hijos del monarca, impecables en sus uniformes militares escoltando el féretro... Esas figuras eran, sin embargo, como personajes siniestros de un drama shakesperiano, cuya presencia en escena sólo puede desembocar en tragedia. La reina Mary, en primer lugar, tan imponente... demasiado. Dicen que jamás les había dado un beso a sus hijos, quizá por el resentimiento de que su matrimonio fuese un apaño “de segunda mano”. Ella estaba prometida, en efecto, con el hermano mayor de Jorge V, pero cuando el novio murió de sífilis, lo substituyeron por Jorge.

El déficit afectivo en que crecieron los vástagos reales explica sus enfermizos caracteres. El primogénito padecía una clara desviación sexual sadomasoquista, que le convirtió en esclavo de la primera mujer que le maltrató. Bertie, que sucedería a Eduardo como Jorge VI, sufría una timidez patológica que le provocaba tartamudez cada vez que se encontraba ante una audiencia; necesitaba fumar compulsivamente y fallecería de cáncer de pulmón con sólo 56 años. En cuanto al pequeño, el duque de Kent, simplemente le atraían las camisas pardas y las cruces gamadas; moriría en 1942, en un misterioso vuelo en el que al parecer se dirigía a Suecia para llegar a un acuerdo con Hitler.

Un último detalle macabro alrededor de las exequias de aquel rey virtuoso y consagrado a su deber. Su muerte tras larga enfermedad, el 20 de enero, había sido provocada por una inyección letal, una sobredosis de cocaína y morfina que le había suministrado –con autorización de la reina Mary, es de suponer– el médico real, lord Dawson of Penn. No se trataba tanto de eutanasia para aliviar el sufrimiento del moribundo como de la necesidad de controlar la hora del óbito: antes de las 12 de la noche, para que pudiera dar la noticia The Times, el periódico respetable, y que no llegase al público a través de los diarios vespertinos, que eran prensa amarilla. La razón de Estado por encima de todo, hasta el último momento.

Ahora podemos interpretar todas esas circunstancias como sombríos augurios, pero hace 30 años la opinión pública acogía con optimismo el nuevo reinado. Eduardo VIII les parecía un monarca “moderno” que traía aires de renovación. Quitando el pequeño círculo que le conocía bien –en aquella época la vida privada de la realeza no estaba bajo el escrutinio de la prensa– era lógico pensar así. Eduardo, que en realidad se llamaba David, había sido un perfecto príncipe de Gales. Guapo, amable, sin el estiramiento de la realeza victoriana pero siempre elegantísimo, luciendo como nadie los uniformes militares o los trajes inventados para él –el tejido Príncipe de Gales–, se había beneficiado del desarrollo de los medios de comunicación, pues era uno de esos personajes de quienes se enamora la cámara.

Era la persona más fotografiada del mundo y siempre salía bien en las fotos. Y aunque aún no existía la televisión, aparecía constantemente en los noticieros cinematográficos, en actos oficiales, compitiendo en múltiples deportes, en alegres jolgorios... Siempre transmitiendo simpatía, carisma y savoir faire. “El hombre que todos los hombres querrían ser y con quien todas las mujeres querrían casarse”, decían los cronistas, el David Beckham de antes de la guerra. Uno de sus encantos es que tenía cara de niño y parecía mucho más joven de lo que era. Quizá por eso el público no era consciente de una grave falta del nuevo rey.

Tenía ya 42 años y no se había casado. La primera obligación dinástica de un monarca es asegurar la descendencia legítima. En el momento de subir al trono, Eduardo debería llevar casi 20 años casado y haber tenido varios hijos cuando era joven. Pero el príncipe de Gales se había manifestado tan refractario al matrimonio como aficionado a las mujeres casadas... con otros. A los 24 años se había echado su primera amante oficial, Freda Birkin, esposa del honorable Dudley Wards y luego del español marqués de Casa Maury. Fue una relación de muchos años, primero como enamorados y después como amigos.

En las cartas que el príncipe le escribía a Freda, que han sido publicadas, se mostraban ya inquietantes rasgos de carácter. Muchas están escritas en un grotesco estilo imitando la media lengua de un niño pequeño, pero lo que dicen es tremendo. El príncipe de Gales desearía morir joven, teme volverse loco y es anoréxico. La siguiente relación adúltera fue con lady Thelma Furness, una americana habitual de los ecos de sociedad, entre cuyos numerosos amantes estaría el Aga Khan. Y a través de ella conoció a la que sería funesta para su destino, Wallis Simpson, una aventurera a quien su primer marido había hecho educar sexualmente en un prostíbulo de China. Wallis descubrió a primera vista que el príncipe era un masoquista al que le iba la marcha, lo maltrató y lo convirtió en su marioneta. Todo esto era ignorado por el público. Cuando un sirviente palaciego descubrió a Eduardo de hinojos, pintándole las uñas de los pies a Wallis como si fuera su doncella, no fue a vender la exclusiva a la prensa rosa, como haría hoy día, sino que pidió la baja, porque no podía soportar ver a su soberano haciendo de esclavo sexual. El rey Jorge V, sin embargo, estaba al tanto de lo que pasaba, pues el servicio secreto había recibido órdenes de vigilar a Wallis.

Pido a Dios que mi hijo Eduardo no se case nunca y no tenga hijos”, llegó a decir Jorge V, previendo lo que iba a pasar. Porque efectivamente, el proyecto de Eduardo era casarse con Wallis Simpson en cuanto ésta obtuviera el divorcio de su segundo marido. El cataclismo político provocado por las intenciones del nuevo rey fue inmenso. Lo que Eduardo VIII pretendía era inconcebible en la realidad británica de la época. Simplemente el no ser de sangre real invalidaba a Wallis para casarse con el rey, según las leyes dinásticas. Encima era divorciada, lo que implicaba el veto de la Iglesia Anglicana, de la que el propio Eduardo era cabeza. Y por si fuera poco, se trataba de una aventurera de pésimos antecedentes.

Todas las fuerzas vivas del país, encabezadas por el primer ministro Stanley Baldwin, se opusieron al capricho real. Que la conservara como amante, bueno, al fin y al cabo casi todos los monarcas tenían esas debilidades. Pero antes de permitir aquella boda, el rey tendría que dejar de serlo. Todo esto ocurría bajo un manto de secretismo, pues la prensa británica de la época tenía un sentido de la responsabilidad nacional que le impedía publicarlo, tan grande se adivinaba el descrédito para la Corona.

En Estados Unidos, en cambio, los periódicos habían entrado en lo que un periodista americano llamó “la mejor historia desde la resurrección de Cristo”. Pero el mundo aún no estaba globalizado, Estados Unidos pertenecía a la periferia, y el público inglés permanecía en la inopia. Por fin, el 3 de diciembre de 1936, cuando la abdicación se presentaba ya casi inevitable, los periódicos británicos informaron del escándalo constitucional. El 11 de diciembre, en un castillo llamado Fort York, el rey Eduardo VIII se reunió con sus tres hermanos para dejar de serlo. Allí firmaron todos los documentos de abdicación y el traspaso de la corona al pobre Bertie, a partir de entonces Jorge VI. Luego, Su Alteza Real –pues ya había dejado de ser Majestad– leyó un mensaje a la nación por los micrófonos de la BBC, explicando las razones de su vergonzante retirada. El discurso se lo había escrito Churchill, que por ir a la contra había apoyado a Eduardo VIII. Habían pasado diez meses y 21 días del plazo vaticinado por Jorge VI para que Eduardo arruinara su vida.


Autor: Luis Reyes. Tiempo 30/01/06
Extraído de
Historiarte.net

Bitacoras.com Buzzear (ES) Blogalaxia blogarama - the blog directoryPromociona tu blog en TusNoticiasdeActualidad.comdirectorio de blogs de naturaleza Directorio Websdirectorio de weblogs. bitadir oferta vuelo Sevilla directorio web BlogESfera Directorio de Blogs Hispanos - Agrega tu Blog Directorio de Blog Directorio webs Mi Ping en TotalPing.com THE BOBs calzado TopOfBlogsSitiopediavuelos lowcost directorio de blogsvuelos: billetes y ofertas SEOmoz Linkscape Score: 3.6 Directorio de Blogs Badoo messenger Blogazos.com. Directorio de Blogs en Español

www.curiosomundoazul.blogspot.com
**Los contenidos de este blog son de libre disposición, siempre que se cite su origen. Si desea reproducir alguna de las entradas en su sitio, sólo tiene que citar su procedencia y establecer un enlace con el blog,manteniendo sus fuentes.** **Las fotografías de este blog han sido obtenidas de la red, si su autor cree que vulnera sus derechos de autor, póngase en contacto y serán retiradas.** Queda bajo su responsabilidad el uso que haga con lo extraído del blog.**