martes, 25 de enero de 2011

CIVILIZACIÓN BIZANTINA: SU CULTURA Y POLÍTICA

Justiniano I (527-565) luchó contra los persas, los búlgaros, los ostrogodos, los visigodos y los vándalos, extendiendo su Imperio desde Siria hasta España y Norte de Africa. Su Corpus Iuris Civilis, codificación del Derecho entonces vigente, fue el principal monumento de su tarea pacificadora, en la que le ayudaron los más eminentes jurisconsultos y profesores del Imperio.

Puede considerarse al Estado bizantino como una tecnocracia, cuyo sistema de gobierno característico era el "cesaropapismo", que afirmaba la supremacía del Emperador sobre la Iglesia y, según el cual, el monarca (basileus) era el único representante de Dios en la Tierra. Tanto es así que su mandato no expresaba la voluntad del Estado, sino la de Dios. La diferencia con un Occidente, donde se produce la dualidad de poderes entre el Emperador y el Papa, es evidente.

El poder, si bien en un principio no era hereditario —pues no se podía condicionar la voluntad divina a unas leyes sucesorias—, terminó por ser monopolizado por una serie de dinastías que terminaron practicando el sistema de la herencia (Isáurica, Macedónica, etc.).

Si en un principio, en tiempos de Justiniano, predominó la idea de la "recuperatío imperii", con sus sucesores y a la vista de los peligros exteriores, el Imperio Bizantino se replegó sobre sí mismo y se helenizó rápidamente. Bizancio apartó la vista de Roma y se dedicó a su reconstrucción interior. El escaso interés de Bizancio por Occidente hizo que su vacío imperialista fuese rápidamente rellenado: la idea de Imperio en Occidente volvió a renacer con Carlomagno. A partir de estos momentos (año 800) había dos imperios cristianos herederos de Roma: el Papa y el Emperador de Occidente y el Patriarca y el Emperador de Oriente. Eran dos mundos contrapuestos que perseguían objetivos diferentes y antagónicos.

El conflicto ideológico entre las dos Iglesias surgió pronto (Focio, año 858) y había de consumarse en tiempos del patriarca Miguel Cerulario (año 1054), con la escisión definitiva entre las dos Iglesias (católica-romana y ortodoxa-bizantina). El motivo inicial del conflicto fue que Constantinopla, al desaparecer el Imperio Romano de Occidente, pretendió ser la capital no sólo temporal, sino también- espiritual, negando este último derecho a la Iglesia Romana.

La influencia de la religión tanto en la sociedad como en la política bizantinas fue decisiva. Un buen ejemplo de esta singular faceta es la herejía iconoclasta y la influencia en ella del monaquismo. La querella de las imágenes tuvo dos facetas:

Religiosa: Los emperadores iconoclastas prohibieron las imágenes por considerarlas reminiscencias del paganismo; el ideal religioso se desvirtuaba con la adoración exagerada de las imágenes, pues el fiel confundía a la imagen con la divinidad y el amor a Dios se transformaba en el amor a algo material. Lo divino —afirmaban los destructores de las imágenes— nunca puede ser representado por medio de las imágenes. Los defensores del uso de las imágenes contestaron diciendo que las imágenes constituían la Biblia del ignorante. No era la materia lo que ellos adoraban, sino que adoraban al Señor de la materia, convertido en tal para el bien de la comunidad.

Política: Cuando el Emperador León III Isáurico prohibió en el año 726 la adoración de las imágenes, puede afirmarse que las causas políticas y económicas pesaron por lo menos tanto como las religiosas en su decisión. En primer lugar, le interesaba disminuir el poder que progresivamente iban adquiriendo los monasterios, principales fabricantes de iconos, ya que con su venta obtenían cuantiosos beneficios. Por otra parte, podemos ver que el movimiento iconoclasta representaba al partido estatista (cesaropapista) y orientalista; los defensores de las imágenes eran abanderados del partido occidentalista y defendían la unión con Roma y la separación de poderes entre la Iglesia y el Estado. Tampoco puede olvidarse —y esta es una faceta que siempre se deja al margen— que los decisivos triunfos militares del Islam (que negaban que a la divinidad se la pudiese representar con imágenes) y el afán de congraciarse con él, acaso inclinase a los emperadores de Bizancio hacia la iconoclasia. El pueblo se dividió en dos partidos contrarios en una lucha que se mantuvo durante más de dos siglos.
Finalmente, la victoria no llegó a favorecer a ninguno de los dos bandos, pues las imágenes siguieron siendo objeto de adoración y la Iglesia de Bizancio siguió unida al Estado.

La cultura y arte bizantino son el resultado de la fusión de tres elementos fundamentales: helenismo, cristianismo y orientalismo (influencias persas y sirias).

El resultado sería una cultura brillante y refinada con un fondo netamente cristiano y unas formas orientales y paganas, pero carente de originalidad creativa: de Oriente tomarían el gusto por la fastuosidad, la policromía, el antinaturalismo y la arquitectura de cúpula.

La cultura y arte bizantinos ejercieron una considerable influencia en la Europa Medieval.

Su aportación más interesante sería el empleo de la cúpula que se levanta, mediante unos triángulos esféricos (pechinas), sobre una planta cuadrada. Santa Sofia de Constantinopla, mandada construir por Justiniano, es el ejemplo más característico. En Occidente, unas buenas muestras de la arquitectura y decoración de mosaicos bizantinos —arte en el que fueron consumados maestros— las podemos encontrar en San Vital y San Apolinar de Ravena y en San Marcos de Venecia. En Rusia, la influencia del arte bizantino fue también decisiva: las iglesias de San Basilio (Moscú) y Kiev; los códices miniados, los iconos, etc.

De gran importancia fue igualmente la fecunda labor legislativa realizada por el Emperador Justiniano, gracias a la cual ha llegado hasta nosotros el Derecho Romano. El jurisconsulto Triboniano realizó la laboriosa recopilación de numerosos decretos romanos confeccionando una impresionante obra que recibe el nombre de "Corpus Iuris Civilis". Este código fue, hecho curioso, más útil a Occidente que al propio Bizancio: la recopilación, en latín, se realizó en unos momentos en que el Emperador de Oriente aspiraba a la reconstrucción de todo el antiguo Imperio Romano. Perdido este afán, los sucesores de Justiniano se vieron obligados a establecer nuevos códigos, en griego, para servir a un Imperio helenizado, cercado y replegado en sí mismo.


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